Puede que sea menos atractivo su juego. Encara menos, regatea lo justo. Pero tiene instinto para hacer lo que conviene cuando se necesita. En el costado derecho, Rodrygo Goes no sólo ha encontrado acomodo en el once, sino que decide partidos. En su estreno como titular en el Bernabéu se comportó como si llevara cien batallas europeas en el cuentakilómetros. Recibió un centro pasado, quebró hacia dentro con la derecha y remató con la izquierda raso a la red. Minuto 4. Tres más tarde, persiguió un rechace de Muslera, siguió bullendo por el área hasta que Marcelo cerró el centro y entró a cabecear como un 9 puro. Eso es instinto. No se entrena. Se tiene. O no se tiene.

El efecto Rodrygo eliminó cualquier duda del Bernabéu. Zidane colocó su once de gala. Con Valverde y sin Modric. Así está el percal. Sobró para arrollar a un rival flojisimo. Galata moribundo, nada o casi nada queda del equipo turco que competía con fiereza. Con cinco defensas o con cuatro, con Donk o Lemina, no es casualidad que no hayan marcado ni un solo gol en la Champions. Para muestra, una contra por el lado derecho con Seri y Mariano en superioridad, entregaron el balón manso, enfadados, uno por no seguir el desmarque, el otro porque no le pasaran antes. Les increpó su afición al descanso. Normal.

Sin deslumbrar, perdiendo muchos balones salvo cuando los conducía Kroos, el Madrid se marchó a la pausa con cuatro en el zurrón. Antes del cuarto de hora Ramos transformó un penalti de VAR. Lo hizo a lo Panenka, alto, con suspense, contestando a la grada folclórica que pedía que lo lanzase Rodrygo. Aún hay jerarquías. Y poco antes del descanso, de nuevo Rodrygo tiró de instinto para robar un pase pésimo de Nagatomo y servir a Benzema, gol para escalar al podio de los goleadores continentales del Real Madrid. Sólo un par de contratiempos para el Madrid, el nuevo problema muscular de Marcelo, decisivo al servir los dos primeros goles, y la falta de continuidad de Hazard, que desaprovechó el duelo ante una defensa poco rigurosa.