“¡16 puntos. Esto no. Es imposible jugar así, es imposible”, se quejaba Carlos Alcaraz. Sí, todo un campeón del ATP 500 de Tokio perdiendo dieciséis puntos consecutivos. Recibió tres juegos en blanco, entregó un set que dominaba por 5-3 con dos dobles faltas seguidas. Una crisis del murciano que explotó un excelente Jaume Munar, atento a cuqluier opción.
De la desesperación, de sentirse incómodo al extremo de cometer uno y otro error ante un rival que devolvía cada pelota y además se iba con descaro a la red para certificar su superioridad, al éxtasis de reventar cada pelota con acierto, desbordando cualquier oposicioón.
La transformación exprés de Carlos Alcaraz. De la queja al festival, que empezó a partir de unas palabras de su entrenador, Samuel López. Con 5-7 y 4-2 en el marcador, el de Villena invitó a su pupilo a ir a por la pelota. “Atraviésala, pégale una h…”, significó.
Una consigna directa, que necesitaba Carlos Alcaraz para soltarse. Olvidarse de unas condiciones que ha definido lentas, de unas sensaciones no tan positivas como deseara, de la irregularidad que acusa en esta competición.
Liberado, la genialidad. No solo reventó cada bola a palos, sino que además subió a un nivel exagerado la eficacia de su tenis. Casi ni falló pese al ritmo trepidante de pelota. Con tanta soltura y eficacia borró del mapa a Jaume Munar, ya sin posibilidad de defenderse.
Alcaraz defenderá su corona este martes en la final, a las 10 de la mañana horario peninsular español. 23 años y nº 3 mundial, superó a Jaume Munar, 29 años y nº 49, por 5-7, 6-3 y 6-1 en 2h.32′ de encuentro.
Su rival saldrá del duelo entre el monegasco Valentin Vacherot y el checo Jiri Lehecka.
Impresionante el tercer set de Alcaraz. No se puede combinar mejor la violencia en el impacto con la precisión. De derecha, especialmente, y revés, en cada golpe. Un carrusel de misiles, un show que se llevó por delante a un Munar que tuteó durante más de dos horas al murciano.
No capituló por sí mismo el isleño, su muralla fue derrumbada a cañonazos. Una subida de confianza de Alcaraz, muy quejoso durante set y medio, de tan incómodo que se encontraba, por sus altibajos y el daño que le hacía un oponente que demandaba una pelota más, que combinaba su capacidad de defensa con un plus de agresividad a su tenis habitual.
Alcaraz despertó a tiempo, se dejó a ir, a cara o cruz, y lo metió todo. Desbordó superioridad en el desenlace, en su cuarta victoria sobre Munar, tercera seguida, en quinto enfrentamientos.
