El 7 de octubre de 2001, hace 25 años, Estados Unidos inició sus bombardeos y la guerra contra Afganistán, porque albergaba a Al Qaeda, autora de los atentados de Nueva York y Washington, y a los talibanes que protegían a su líder, Bin Laden. “Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han iniciado ataques contra los campos de entrenamiento de terroristas de Al Qaeda y las instalaciones militares del régimen talibán. Estas acciones, cuidadosamente dirigidas, tienen como objetivo impedir que Afganistán se utilice como base de operaciones terroristas y reducir la capacidad militar del régimen talibán”, sentenció el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, quien añadió: “Los talibanes pagarán las consecuencias”. Y advirtió: “Hoy nos centramos en Afganistán, pero la lucha va más allá“.
Veinte años después, el 30 de agosto de 2021, el último avión militar estadounidense abandonaba Kabul. Concluía la guerra más larga y costosa de Estados Unidos. Entre las dos fechas, la lucha contra Al Qaeda se convirtió en una invasión y en una guerra contra la insurgencia; la guerra contra la insurgencia se transformó en un proyecto de construcción estatal; y ese proyecto terminó dependiendo de unas fuerzas extranjeras que, finalmente, se marcharon sin cumplir sus promesas. Quedó patente que el Estado afgano solo podía funcionar si existía detrás de él todo el aparato político, militar, económico y tecnológico occidental.
La victoria rápida que ya contenía las contradicciones del futuro
El destino de Afganistán no empezó a jugarse el 11-S. Para entonces, el país llevaba más de dos décadas de guerra: la invasión soviética de 1979, la guerra civil, la fragmentación territorial y el ascenso de los talibanes. Osama bin Laden había encontrado allí un santuario para Al Qaeda. Dos días antes del 11-S, el carismático Ahmad Shah Massoud, su principal enemigo afgano y el de los talibanes, líder de la Alianza del Norte, había sido asesinado por dos miembros de Al Qaeda. Con su muerte se intentó descabezar la resistencia, que Estados Unidos utilizó en tierra mientras bombardeaba desde el aire y aportaba inteligencia y fuerzas especiales.

Del 11S a la caída de Kabul: Afganistán vuelve al control talibán tras 20 años de guerra
La campaña fue rápida. Los talibanes perdieron Kabul y después Kandahar. Pero aquella victoria militar tenía una debilidad: Bin Laden y buena parte de los dirigentes de Al Qaeda consiguieron escapar hacia Pakistán, al igual que los talibanes. En diciembre de 2001, la Conferencia de Bonn trató de organizar el nuevo Afganistán. Hamid Karzai, un dirigente pastún bastante desconocido, terminó al frente de la administración provisional. El 22 de diciembre, tomó posesión en Kabul. Su primera intervención resultó casi premonitoria: “¡Dios! El viaje es largo y yo soy un principiante. Necesito vuestra ayuda.” Karzai pidió a todos que trabajaran por el futuro del país. Él no había participado en las guerras anteriores y, ahora, tenía ante sí el reto de construir ese futuro.
Bonn estableció las bases de un nuevo orden político, pero no de un tratado de paz. Los talibanes, derrotados militarmente, no tuvieron representación. Tampoco resolvió el problema de las milicias ni creó las condiciones de seguridad para que el nuevo Gobierno pudiera ejercer su autoridad sobre el país. Los hombres que habían ganado la guerra junto a Estados Unidos conservaron una parte decisiva del poder. Mohammed Fahim, Rashid Dostum, Ismail Khan, Mohamed Mohaqiq y otros señores de la guerra pasaron a formar parte de las nuevas estructuras políticas, de seguridad y de poder. Algunos ocuparon ministerios o gobernaciones. Otros conservaron sus propias redes armadas y económicas.
Occidente pretendía construir un Estado moderno con una autoridad central capaz de monopolizar la violencia legítima. Pero necesitaba a los hombres que controlaban las armas. El Estado todavía no tenía ejército, policía ni capacidad efectiva para garantizar la seguridad. Al final, la derrota de los talibanes reforzó a los señores de la guerra, considerados aliados de los estadounidenses. El Gobierno de Karzai carecía incluso de ingresos suficientes para competir con ellos. El dilema no era simplemente moral. Era institucional. Estados Unidos necesitaba utilizar las estructuras de poder locales para perseguir a Al Qaeda. El analista paquistaní y autor de Los Talibanes, Ahmed Rashid, lo expresó con crudeza: “El caudillismo, el poder de los señores de la guerra, fue un obstáculo enorme para la reconstrucción y el desarrollo de un Afganistán moderno.” Cuando Karzai llegó, la situación de los señores de la guerra era débil, pero cometió el error de darles poder. Así se produjo una de las contradicciones fundamentales de la intervención: se quería destruir el poder de los caudillos y simultáneamente se les necesitaba para la guerra.
El Estado que se quiso construir y el país que existía
La construcción del nuevo Afganistán partía de una premisa comprensible: después de décadas de guerra, no bastaba con expulsar a los talibanes. Había que impedir que regresaran. Se necesitaba un Estado con instituciones, policía, ejército, justicia, administración, elecciones y capacidad para garantizar derechos. Pero el modelo político diseñado en Bonn era mucho más centralizado y moderno que las estructuras reales de poder existentes en buena parte del territorio. El Estado afgano había sido históricamente débil. El soberano había gobernado muchas veces mediante pactos y consensos con tribus y grupos étnicos más que con una administración central comparable a la de los Estados europeos. No existían fuerzas de seguridad operativas y homogéneas. El ejército había desaparecido. La nueva Constitución trató de construir un Estado centralizado, con un presidente fuerte, Parlamento, Tribunal Supremo y unas instituciones inspiradas en los modelos occidentales. Karzai explicó el objetivo durante la Loya Jirga Constitucional, en diciembre de 2003: “La nueva Constitución tiene que traer orden y gobernabilidad y organizar el futuro del país.”

Era una aspiración legítima, pero las instituciones no podían imponerse únicamente desde arriba ni podían sustituir de un día para otro unas relaciones de poder que habían sobrevivido a décadas de invasiones, guerras civiles y fragmentación territorial. La falta de seguridad agravó el problema. Uno de los mayores errores de la comunidad internacional fue no proporcionar al Gobierno de Karzai las fuerzas internacionales necesarias para asegurar y estabilizar el país en ausencia de un ejército y una policía afganos. Era una contradicción. Se estaba intentando construir un Estado, pero no se le proporcionaban los medios suficientes para ejercer sus funciones básicas.
Tampoco se cumplieron las promesas económicas. Los compromisos de Occidente quedaron muy por debajo de los miles y miles de millones necesarios. La reconstrucción avanzaba, pero no al ritmo deseado. Karzai era cada vez más consciente de esa contradicción. Al tiempo que recibía críticas por la corrupción y por sus pactos con los señores de la guerra, acusaba a Estados Unidos y a Occidente de no haber proporcionado suficientes recursos y soldados cuando Afganistán los necesitaba. Reclamaba una estrategia diferente frente al santuario de los talibanes en Pakistán y denunciaba las víctimas que provocaban las operaciones extranjeras. En la Conferencia de Londres de 2006, hizo explícita su frustración: “No es aceptable para nosotros que, en esta lucha, estén muriendo afganos”. La afirmación resume otra de las grandes paradojas de la guerra. Afganistán era el país en cuyo nombre se había intervenido, pero los afganos eran cada vez más conscientes de que las decisiones fundamentales sobre la guerra se tomaban fuera de Afganistán.
Enduring Freedom e ISAF: dos misiones, dos lógicas y una guerra que acabó mezclándolas
Para entender la evolución del conflicto es imprescindible distinguir dos estructuras que con frecuencia se presentan como si fueran lo mismo: Enduring Freedom (Libertad Duradera) e ISAF. Enduring Freedom, la operación de Estados Unidos contra Al Qaeda y el régimen talibán, comenzó el 7 de octubre de 2001. Era antiterrorista y militar, Su objetivo era localizar, capturar o matar a miembros de Al Qaeda, destruir su infraestructura y combatir a los talibanes. Nunca contó con el aval de Naciones Unidas. ISAF nació después. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó, el 20 de diciembre de 2001, la creación de esa Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, inicialmente limitada a Kabul, destinada a apoyar al Gobierno provisional surgido de Bonn. En agosto de 2003, la OTAN asumió el mando y la misión se extendió a todo el país.

Afganistán, de la república islámica al emirato talibán
Enduring Freedom siguió siendo una campaña de Estados Unidos contra el terrorismo y utilizaba operaciones especiales, inteligencia, incursiones y detenciones. ISAF era una misión internacional de seguridad y estabilización. Las dos acabaron operando simultáneamente en el mismo territorio. Ahmed Rashid, en septiembre de 2003, advirtió sobre la necesidad de ampliar la presencia internacional en las provincias, porque el resurgimiento talibán ya era perceptible: “Hicimos hincapié en la importancia de expandir las fuerzas de la OTAN por las provincias para ayudar a estabilizar al país, mejorar la gobernabilidad y enviar un mensaje contundente a los talibanes. Una respuesta desganada de la OTAN solamente habría dado a los talibanes una ventaja propagandística.” Pero la respuesta militar internacional llegó tarde a buena parte del territorio.
La cara oscura de Enduring Freedom
Mientras la reconstrucción avanzaba lentamente, la guerra contra el terrorismo adquiría una dimensión más sombría. Human Rights Watch denunció, en 2004, abusos cometidos por las fuerzas estadounidenses durante operaciones vinculadas a Enduring Freedom: detenciones arbitrarias o erróneas, uso excesivo de la fuerza, detenciones indefinidas y malos tratos a prisioneros. El informe describía denuncias de privación prolongada del sueño, posiciones dolorosas, encadenamientos, golpes y exposición al frío en Bagram y otras instalaciones, detenciones de inocentes, destrucción de viviendas y propiedades y manipulación de las fuerzas estadounidenses por señores de la guerra que utilizaban las detenciones contra sus rivales locales.
No puede escribirse la historia de aquella operación sin mencionar estas graves violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos, ni la comisión de posibles crímenes de guerra. El sistema de detenciones estadounidense en Afganistán operaba fuera del Estado de derecho y esa práctica estaba dañando la intervención internacional. A esto se añadieron las víctimas civiles provocadas por operaciones militares. Los documentos publicados por Wikileaks en 2010 revelaron 144 incidentes con 195 civiles muertos y otros 174 heridos, aunque la cifra podría ser superior. Los documentos mostraban la existencia de operaciones secretas y paramilitares y alimentaban la percepción de que la guerra estaba causando un número de víctimas mucho mayor del reconocido oficialmente. Occidente pretendía construir legitimidad frente a los talibanes, pero determinadas operaciones contribuían a erosionarla.
Invasión de Irak: Afganistán deja de ser la prioridad
Otro de los grandes errores estratégicos llegó cuando Estados Unidos, en marzo de 2003, decidió invadir Irak. La intervención en Afganistán no había hecho más que empezar. Y los talibanes comenzaban a reorganizarse y Al Qaeda había escapado a Pakistán. El ex secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, resumía una de las consecuencias más importantes: “Irak había sido algo más que una simple distracción; los miles de millones gastados en Irak eran los miles de millones que no se gastaron en Afganistán“.

Un soldado iraquí hace el signo de la victoria en la ceremonia de celebración de la retirada de EE.UU. de Irak DPA via Europa Press Ameer Al-Mohammedawi/dpa
Estados Unidos dividió los recursos militares, la inteligencia, la capacidad política y la atención de sus mandos. Se redujo la operación de búsqueda de los talibanes y de otros dirigentes terroristas. Irak no explica por sí solo el resurgimiento de los talibanes. Sería demasiado simple atribuir toda la evolución posterior a una sola decisión. Pero sí explica parte del contexto estratégico: Afganistán necesitaba una presencia sostenida precisamente cuando Washington estaba concentrando enormes recursos en otro conflicto.
Pakistán, la retaguardia que nunca se cerró
Había además otro problema llamado Pakistán. Los talibanes encontraron refugio al otro lado de la frontera. Las zonas tribales pakistaníes permitieron a los insurgentes reorganizarse, entrenarse, financiarse y volver a cruzar hacia Afganistán. Estados Unidos necesitaba a Pakistán y desconfiaba de él al mismo tiempo. Islamabad era indispensable para la cooperación logística y antiterrorista, pero la insurgencia tenía una dimensión transfronteriza. Los documentos publicados por Wikileaks reforzaron las sospechas sobre las relaciones entre sectores paquistaníes y los talibanes; un “doble juego” de Pakistán y la creciente evidencia sobre la estrecha relación entre determinados actores paquistaníes y la insurgencia. Pero el golpe definitivo a aquella contradicción llegó el 2 de mayo de 2011.
“Esta noche puedo anunciar al pueblo estadounidense y al mundo que Estados Unidos ha dirigido una operación que ha matado a Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda y el terrorista responsable del asesinato de miles de hombres inocentes, mujeres y niños inocentes”, anunciaba Obama. El terrorista más buscado estaba en la ciudad paquistaní de Abbottabad, donde se encontraba la Academia Militar más importante del país. Llevaba años allí. Islamabad negó haber conocido su presencia; el ISI (sus servicios secretos) aseguró que había sido un fallo de inteligencia. Pero se alimentaron las sospechas sobre una posible connivencia de sectores del ejército o de los servicios de inteligencia con Al Qaeda y/o los talibanes. Cuando Bin Laden cayó, me encontraba en Kabul. Pregunté por e-mail, a un contacto en el ISI, si Pakistán había cooperado en la operación y me respondió con un escueto: “Operación de inteligencia basada en información proporcionada por Pakistán”. Por tanto, al menos una parte del aparato de inteligencia paquistaní parecía estar al tanto.

Un hombre sostiene un rosario cerca de un muro de piedra en del paso de Khyber, en la frontera entre Pakistán y Afganistán Paula Bronstein / Getty
Obama y el último intento de ganar tiempo
Cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca, Afganistán ya no era la guerra de octubre de 2001. La misión se había convertido en una combinación de lucha antiterrorista, contrainsurgencia, entrenamiento militar, construcción institucional y guerra política. En diciembre de 2009, Obama anunció el envío de 30.000 soldados adicionales. Era el surge (aumento), el último gran intento de modificar la dinámica militar para frenar a los talibanes, proteger a la población y acelerar la creación de unas fuerzas de seguridad nacionales capaces de asumir la responsabilidad del país. Pero Obama introdujo un elemento que condicionaría toda la estrategia: un horizonte de retirada. El 22 de junio de 2011, anunció el comienzo de una retirada sustancial. Su discurso fue revelador: “Iniciamos esta retirada desde una posición de fuerza. Al Qaeda está sometida a más presión que nunca desde el 11-S.” La desaparición de Bin Laden había consumado la venganza norteamericana por los atentados de Nueva York y Washington. La retirada completa sería a finales de 2014.
“El objetivo que perseguimos es alcanzable y puede expresarse de forma sencilla: que no haya ningún refugio desde el que Al Qaeda o sus afiliados puedan atacar a nuestro país o a nuestros aliados”, añadió. “No vamos a intentar convertir Afganistán en un lugar perfecto. Tampoco vamos a vigilar sus calles ni a patrullar sus montañas de forma indefinida.”, concluyó. El futuro de Afganistán y de sus gentes estaba sentenciado. La misión original estaba cumplida. Al Qaeda había sido severamente debilitada y Bin Laden estaba muerto.
Karzai: entre los señores de la guerra y la frustración con Occidente
Hamid Karzai había llegado al poder como símbolo de un nuevo Afganistán. Pero pronto se convirtió también en símbolo de sus contradicciones. Necesitaba a los señores de la guerra porque controlaban buena parte del territorio. Necesitaba a Estados Unidos porque sin su fuerza militar su gobierno difícilmente podía garantizar la seguridad. Y, al mismo tiempo, se enfrentaba políticamente con ambos. La estructura gubernamental quedó inicialmente dominada por antiguos combatientes de la Alianza del Norte y por afganos del exilio, muchos formados en Occidente. El presidente intentó equilibrar las distintas comunidades étnicas y regionales, pero el poder de los señores de la guerra siguió siendo enorme. La dependencia económica tampoco ayudaba. En determinados momentos alrededor del 90% de los recursos del Estado procedían de la ayuda exterior.
La corrupción acabó por convertirse en otro elemento de erosión de la legitimidad. El propio general estadounidense David Petraeus lo resumió crudamente: “El dinero es mi mejor munición en esta guerra”. Mientras, el apoyo a los talibanes no procedía necesariamente de una identificación ideológica con ellos. En muchas zonas era consecuencia del rechazo a los abusos y la corrupción de los señores de la guerra y de las tropas norteamericanas. Esa realidad contribuyó a que una parte de la población volviera a ver a los talibanes, paradójicamente, como una fuerza capaz de ofrecer orden y seguridad. En una de las mayores ironías de la intervención: el enemigo que había sido expulsado en nombre del orden estaba recuperando espacio precisamente en lugares donde el nuevo orden no conseguía garantizarlo.

El primer ministro interino de Afganistán, Hamid Karzai, habla con los periodistas reunidos para una conferencia de prensa celebrada el sábado en el palacio presidencial de Kabul Rick Loomis Rick Loomis/Los Angeles Times
2014: se acaba ISAF, pero no la guerra
En 2014, se cerró formalmente una etapa. ISAF terminó su misión y las fuerzas afganas asumieron la responsabilidad de la seguridad. Pero la guerra no terminó. Desde 2015, la OTAN desarrolló Resolute Support (Apoyo Decidido), misión centrada en entrenamiento, asesoramiento y asistencia. Estados Unidos pasó de Enduring Freedom a Freedom’s Sentinel (Centinela de la Libertad), manteniendo operaciones antiterroristas y apoyo a las fuerzas afganas. La diferencia entre una misión de asesoramiento y otra de combate era importante políticamente, pero, sobre el terreno, la dependencia afgana continuaba.
Se habían invertido miles de millones en formar una policía y un ejército afganos. Pero dinero no equivalía necesariamente a autonomía. Las fuerzas afganas dependían de la inteligencia extranjera, de la logística, del mantenimiento de las aeronaves, de la financiación y, sobre todo, del apoyo aéreo. Se había construido una enorme estructura militar cuya independencia real era muy inferior a la que sugerían sus cifras de efectivos. Ahí estaba otra de las semillas del colapso de 2021.
Ashraf Ghani llegó a la presidencia en 2014 con un perfil muy diferente al de los antiguos señores de la guerra. Economista y antiguo funcionario del Banco Mundial, defendía una idea de Estado mucho más institucional. Pero heredó una estructura política cuya legitimidad era frágil y una maquinaria militar dependiente de la ayuda extranjera. Su gobierno quedó cada vez más atrapado entre la insurgencia, las disputas políticas internas y la negociación internacional. En agosto de 2019, Estados Unidos negoció directamente con los talibanes, sin participación del Gobierno de Kabul en las conversaciones principales. Ghani pronunció unas palabras definitorias: “Nuestro futuro no puede decidirse fuera, ya sea en las capitales de nuestros amigos o vecinos. El destino de Afganistán se decidirá aquí, en Afganistán.” No fue así, se negoció, de nuevo, fuera del país, como tantas veces en su historia.

Los afganos que Estados Unidos ha dejado atrás
Trump: una guerra “sin victoria”
Donald Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo terminar con las guerras interminables. Pero Afganistán volvió a demostrar que salir era mucho más complicado que prometer. En agosto de 2017, reconoció una realidad que las administraciones anteriores habían evitado admitir con tanta claridad: “El pueblo estadounidense está harto de una guerra sin victoria”. Abandonó el discurso sobre la construcción de la nación: “No vamos a volver a construir una nación. Estamos acabando con los terroristas”. Reconoció que el proyecto original de transformación política había fracasado. Pero contenía una contradicción: Estados Unidos no quería reconstruir Afganistán indefinidamente, pero tampoco quería permitir que los talibanes recuperaran el poder. Finalmente, decidió negociar.
En febrero de 2020, en Doha, Estados Unidos y los talibanes alcanzaron un acuerdo que establecía las condiciones y el calendario para la retirada de las fuerzas extranjeras. La paradoja era total. En 2001, Estados Unidos había exigido a los talibanes que entregaran a Bin Laden. En 2020, negociaba con ellos la retirada. El enemigo militar se había convertido en el interlocutor político imprescindible para terminar la guerra.
Biden: terminar una guerra cuyo propósito ya no podía definirse
Joe Biden heredó Doha y decidió completar la retirada. El 14 de abril de 2021, recordó que Estados Unidos había ido a Afganistán para “erradicar a Al Qaeda, para impedir futuros atentados terroristas contra Estados Unidos planeados desde Afganistán”. En julio, fue aún más directo: “Estados Unidos hizo lo que fuimos a hacer a Afganistán”: capturar a los terroristas del 11/S, llevar a Bin Laden ante la justicia y reducir la amenaza terrorista y evitar que Afganistán volviera a convertirse en una base para ataques contra Estados Unidos. Y concluyó: “Hemos logrado esos objetivos“. A continuación, añadió: “No fuimos a Afganistán a construir una nación”. Biden tenía razón al recordar que el objetivo había sido la venganza y acabar con la amenaza. Pero los veinte años demostraban que la construcción estatal sí se había convertido en una parte central de la estrategia occidental.
En el verano de 2021 comenzó el derrumbe. Las tropas talibanas avanzaron más rápidamente de lo que habían previsto muchos gobiernos occidentales. Las capitales provinciales fueron cayendo una tras otra. Las fuerzas de seguridad afganas empezaron a rendirse, negociar o desaparecer. El 15 de agosto, los talibanes entraron en Kabul. Ashraf Ghani abandonó el país. El aeropuerto se convirtió en el símbolo de la humillante retirada. Miles de afganos intentaban escapar. Muchos habían trabajado con las fuerzas internacionales. Otros temían perder derechos y libertades conquistados durante dos décadas. La evacuación estadounidense quedó marcada, además, por el atentado del Estado Islámico del Gran Jorasán, que mató a militares estadounidenses y a numerosos civiles afganos.
El 30 de agosto, salió de Kabul el último avión estadounidense. Al día siguiente, Biden pronunció la frase que cerraba dos décadas: “Anoche, en Kabul, Estados Unidos puso fin a 20 años de guerra en Afganistán, la guerra más larga de la historia de Estados Unidos. Ya no teníamos un objetivo claro en una misión de duración indefinida en Afganistán”. Si el propósito ya no estaba claro, era porque durante veinte años se habían acumulado objetivos diferentes sobre el original.
El fracaso de la intervención no significa que los veinte años fueran inútiles. Millones de niñas pudieron ir a la escuela. Las mujeres ocuparon escaños en el Parlamento, entraron en universidades, trabajaron como periodistas, médicos, profesoras y funcionarias. Surgieron medios de comunicación independientes y organizaciones de la sociedad civil. Se construyeron carreteras, hospitales y escuelas. Pero los avances dependían demasiado de un sistema político y militar que no había conseguido crear las condiciones para protegerlos. Y los afganos pagaron el precio más alto, con la muerte de civiles, desplazamientos, atentados, ataques talibanes, abusos de las fuerzas extranjeras y afganas, corrupción y una guerra que se prolongó durante una generación. También pagaron por una promesa incumplida: la de que, después de veinte años de intervención internacional, su país sería capaz de sostener el Estado construido durante ese periodo.
Al final, fueron abandonados a su suerte o, más bien, de nuevo, a la suerte de los talibanes que, como decían a los occidentales: “Vosotros tenéis los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo”. Occidente tuvo relojes, satélites, drones, aviones de combate, fuerzas especiales, servicios de inteligencia, miles de millones de dólares y capacidad tecnológica muy superior. Ellos tuvieron paciencia y tiempo. Y, por desgracia, obtuvieron la victoria final.
