
En el verano la lluvia intenta devolver los perdidos lagos a esta ciudad. Incesante, silenciosa emigra del cielo acompañada por la escandalera luminosa de truenos, centellas y rayos eléctricos – tajadas de luz hacia arriba y hacia abajo, en el cielo plomizo o absolutamente negro–, cuando el estrépito de maderería la acompaña con las furias del temporal, el agua quiere vivir otra vez en su alta casa y sus lagunas.
Los lagos asfixiados y secos, convertidos en los lodazales salitrosos de una cuenca áspera y pedregosa, con sábanas de cieno y ventanas de bosque mordisqueado; talado hasta el exceso, con alopecia forestal para cuyo rescate no hay ni plan ni proyecto, porque resulta irreal la siembra anunciada de mil quinientos millones de árboles, quieren volver a mirar el cielo desde sus extensos espejos en Zumpango, Chalco, Xochimilco, Texcoco o Tlatelolco, y el agua de la mano de Tláloc desciende a chorros ventisqueros y se deja caer sobre nosotros y las calles y los automóviles y el agusanado Metro cuyo paso de trenecito de lámina es cada vez más lento, porque de nada sirven los candiles ni los vitrales axoloteros del inclemente saqueo en las estaciones Auditorio o Hidalgo, si el mecanismo motriz resulta minusválido y reumático, porque usted quizá no lo sabe pero con la lluvia –bienhechora en el campo y perjudicial en la ingeniería rupestre del Sistema de Transporte Colectivo— o con el pretexto del agua a raudales, la burocracia encuentra explicación para tanto freno y exasperante lentitud.
Mientras tanto, indiferentes a las tragedias cotidianas, los perros mojados, los balcones con charcos, las calles anegadas y las rosas con rocío, fragmentados en los miles de miles de millones de gotas y chorros y cascadas en el aire, sobre el asfalto, los viejos lagos quieren volver y prosiguen su inacabada lucha de retorno a su mundo de tules, cañas y chichicuilotes; garzas y tortugas, y la lluvia nos hace mirar ese cielo gris opaco cuya callada densidad oculta la nieve de los volcanes y apenas insinúa la silueta rotunda y masculina del enorme Ajusco, ahora invadido por miles de hormigueros de hormigón, cuya proximidad ya amenaza al pico del águila pues así se llama la parte superior de esa montaña en cuya belleza simple y azul, encontró Martín Luis Guzmán competidor de peso contra el delicado perfil del Popocatépetl decorado con su penacho de humo junto a una mujer ensabanada.
“Para simular esa tarde lejanías de espíritu –dice en “La sombra del caudillo” –, su gran recurso fue el espectáculo de las montañas. La enorme mole del Ajusco se alzaba frente a ella, en el fondo del valle, a grande altura por sobre los arbolados y caseríos distantes…
“Estaba el Ajusco coronado de nubarrones tempestuosos y envuelto en sombras violáceas, en sombras hoscas que desde allá teñían de noche, con tono irreal, la región clara donde Rosario y Aguirre se encontraban. Y durante los ratos, más y más largos, en que se cubría el sol, la divinidad tormentosa de la montaña señoreaba íntegro el paisaje: se deslustraba el cielo, se entenebrecían el fondo del valle y su cerco, y las nubes, poco antes de blancura de nieve, iban apagándose en opacidades sombrías.
—¿Qué tendrá —dijo— el Ajusco, que no se cansa usted nunca de mirarlo?… le gustan los volcanes porque tienen alma y vestidura de mujer. A mí no. A mí me gusta el Ajusco, y me gusta por la razón contraria: porque es, de todas las cosas que conozco, la más varonil”.
Así dialogaron Rosario y Aguirre en “La sombra del caudillo”. Ya después la realidad estremeció a balazos asesinos la tarde de pinos y oyameles de Huitzilac; pero eso no es ni novela, ni película. Es la historia.
Por el teclado de nuevo llega la lluvia acompañante.
Cuando llueve hay extraños silencios. En las calles los perros nunca ladran durante el aguacero. Los gatos no maúllan. Lo hacen cuando se acaba la cortina del agua y entonces salen de sus refugios a respirar la callejera frescura de una charca evaporada y si es de mañana hasta los pájaros silban.
Entonces se vuelven a poblar las azoteas felinas y de vez en cuando aparece una luna callada tras las nubes.
Una vez más la ciudad se ha enloquecido porque la electricidad del cielo con sus lampos enormes corta la corriente de las plantas vetustas y de poca capacidad y en muchas partes la noche se hace más noche en tanto al percibir de golpe la repentina oscuridad la voz popular siempre se exalta y grita lo obvio: se fue la luz. El grito ante la evidencia se repite innecesario acompañado después de un ¡ah! salvador, como se hace cuando cae el primer trago de cerveza helada. Ahhh… ¡Ya llegó la luz!
–¿Cuántas veces se le ha ido la luz a este país?
Muchas, tantas como para acostumbraros desde hace mucho a vivir en lo relativo.
Por luz quiero decir futuro, esperanza, éxito, buen gobierno, limpieza, soberanía real.
Somos relativamente pobres o ricos; relativamente libres; relativamente dueños de la nación septembrina de banderas y rehiletes bajo el chaparrón, la tormenta, la llovizna o el diluvio, porque ahí junto a la maceta de geranios, caracoles dormidos, lombrices con escafandra y buganvilias azules, la bandera languidece por el peso de las gotas y el ahogamiento del águila y la víbora en agonía.
El mes del águila y la serpiente.
Los especialistas han dicho de la jornada líquida del pasado domingo: nunca había llovido tanto tiempo ni con tan abundante persistencia como ese día; pero eso dicen los técnicos de pluviometría cuyos metro cuadrados convertidos en tinajas de medición son casi siempre lo mismo: cada año ha llovido como nunca antes y el chubasco ha sido atípico en el típico recurso de culpar a la muda naturaleza de la insuficiencia del drenaje o la pésima administración del Metro, cuando lo insuficiente es la calidad del gobierno urbano con todo y su plan “Tormenta”, útil nada más para bautizar –con las aguas lustrales de la improvisación– , la mala hechura de su trabajo cotidiano.
Pero he dicho del caudillo y la sombra y con la lluvia recuerdo aquella casa en la calle Shakespeare en cuya simple sala, una tarde también de lluvia, Julio Bracho me convidaba un jaibol de memorias y me decía tan claro como el hielo navegante en el rigor del vaso (diría Gorostiza), aquí en este libreta están los nombres de quienes desde el Ejército censuraron mi película; ya los voy tachando uno tras otros, porque cuando ya no quede ninguno vivo, la película se exhibirá y yo habré por fin terminado mi trabajo.
Y sí, La película enlatada surgió y sintió poco tiempo después, la luz del proyector en la penumbra de las salas.
Y esa tarde, también México estaba bajo la lluvia.
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