
El informe PISA 2025, el mayor programa internacional de evaluación de estudiantes, presentado este 8 de septiembre de 2026, confirmó la brecha educativa global que consolida el liderazgo absoluto del Extremo Oriente asiático, así como el estancamiento de Europa y el rezago de América Latina, con Uruguay y Chile como excepciones positivas.
De entre los países asiáticos que copan los seis primeros puestos —China (2; evaluadas solo Pekín, Shanghái y dos provincias limítrofes)—, Taiwán (3), Japón (4), Hong Kong (5) y Corea del Sur (6), destaca como campeón absoluto Singapur, que ha subido a lo más alto del podio tres de las nueve veces que se ha presentado el informe trienal desde el año 2000: la primera vez en 2015 y luego de manera consecutiva en 2022 y el recién publicado, correspondiente a la evaluación de 2025, en la que participaron 760 mil estudiantes de 15 años de 91 países, entre ellos México.
Pero ¿qué hizo Singapur, la ciudad-estado que cuando se independizó de Malasia en 1965 tenía al 55 % de la población analfabeta y su nivel educativo era similar al de Etiopía o Mozambique, para liderar desde hace una década el mejor termómetro mundial en calidad educativa?
La importancia de tener una actitud kiasu
Para entender la clave del éxito educativo, habría que analizar un curioso vocablo procedente del dialecto chino que se habla en Singapur (junto con otras lenguas como el malayo, el tamil y el inglés): kiasu, cuya traducción literal al español es “kia” miedo “su” a perder, o miedo a quedarse atrás.
La mentalidad kiasu(kiasuismo) describe una actitud altamente competitiva que nació de la necesidad de sobrevivir solos, como una pequeña isla sin recursos ni agua potable (dependía de la que le entregara la vecina Malasia), con comunidades étnicas muchas veces enfrentadas (chinos, malayos e indios tamiles) y un desempleo desbocado.
El impacto de ver al nuevo líder singapurense, Lee Kuan Yew, llorar en público al anunciar la separación de Malasia, consciente de los riesgos de sobrevivir como ciudad-estado independiente, debió causar un profundo efecto en la sociedad local que, consciente de que solo poseía capital humano, decidió unirse y apostar todo a la educación bilingüe (inglés y el idioma de cada comunidad).
Esta mentalidad fuertemente competitiva (los singapurenses pueden pasar horas en la cola de una tienda solo por un anuncio de oferta o edición limitada) fue clave no solo en el despegue económico meteórico en torno a su estratégico megapuerto (el segundo del mundo en tráfico de mercancías, solo superado por el de Shanghái), sino en el compromiso educativo de los padres por ofrecer la mejor formación a sus hijos “para no quedarse atrás”… y para no quedar rezagados se apostó por un modelo único de refuerzo extraescolar.
Capital mundial del “tuition”
Los tuition centres (escritos en el inglés de la extinta colonia británica) o academias de refuerzo escolar forman parte del paisaje común en Singapur, al punto que la ciudad-estado está considerada la capital mundial del sector, no solo por el número de centros, sino por una peculiaridad que la diferencia de las demás: su función principal no es tanto ayudar a los alumnos a pasar los exámenes reprobados, sino que los alumnos aprendan los temas en la tutoría antes de que su maestro los enseñe en la escuela (pre-teaching). Esto les permite participar con ventaja, resolver dudas con anticipación y fijar el conocimiento más rápido; todo ello con el objetivo de asegurar mejores calificaciones en los exámenes y su ingreso en colegios y universidades de élite.
Además, estas academias cuentan con docentes de alto prestigio, que ganan salarios muy altos por planes de estudio propios para ir un paso por delante del conocimiento exigido en las escuelas públicas.
Se estima que cerca del 80 % de los estudiantes de primaria y alrededor del 60 % de los de secundaria acuden a los tuition centres.
Pero la verdadera revolución educativa en Singapur comienza en el magisterio.
Salarios altos, sí, pero por méritos
A diferencia de países donde el magisterio está considerado el refugio de los que no pudieron acceder a “carreras de prestigio”, con salarios, prestaciones y pobre material escolar, además de una escasa capacitación (que los arrastra a menudo a convertirse en peones de pseudosindicatos), en Singapur la carrera docente está en la cima de las prioridades nacionales.
Según el reglamento público del Ministerio de Educación (MOE), se selecciona únicamente al 30 % de los mejores graduados universitarios para impartir clases, los cuales son entrevistados para evaluar su conocimiento, capacidad de comunicación, valores y motivación genuina para enseñar.
Los aspirantes que superan las entrevistas trabajan en un salón real con un maestro mentor durante 3 a 6 meses, con sueldo pagado. Alrededor del 40 % no supera esta etapa, lo que asegura que solo los más aptos continúen. Quienes pasan la prueba cursan un Diploma de Posgrado en Educación (PGDE) de 16 meses en el Instituto Nacional de Educación (NIE), con todos los gastos cubiertos por el Estado y recibiendo un estipendio mensual.
Y la guinda del pastel: la evaluación docente y los salarios por méritos. En sistemas tradicionales basados en la antigüedad, los maestros ganarían exactamente lo mismo año tras año por tener los mismos años de servicio. En Singapur, el mérito rompe esa inercia.
Al final del ciclo escolar, cada docente, con un salario base equivalente a 55 mil pesos, recibe una calificación —Grado A, B, C, D o E— basada en sus resultados académicos en el salón, su innovación pedagógica y su aportación a la escuela:
Un maestro considerado de “alto impacto” (A y B) recibe un incremento salarial anual (Merit Increment) de hasta el 7 % (59,000 pesos), más un bono de desempeño único equivalente a dos meses y medio de salario (138,000 pesos) en marzo, al comienzo del año fiscal.En un maestro que cumple con las expectativas estándar (C), el aumento es del 3 % (56,500 pesos) más un bono de 55,000 pesos.
Los de las categorías D y E (pobre desempeño o retroceso) no reciben aumento salarial ni bonos, con el agravante en el caso del grado E de rescisión de contrato y despido si no muestra una mejora sustancial tras el periodo de apoyo supervisado.
Sin embargo, no todo brilla en el reinado de Singapur en las pruebas PISA.
Lo que PISA oculta del método singapurés
El liderazgo de Singapur en el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA), basado en tres áreas (competencia lectora, matemáticas y ciencias), no contempla, sin embargo, otro elemento en el que la pequeña nación del Extremo Oriente asiático fracasa rotundamente: la salud mental de los estudiantes, estresados por el sistema ultracompetitivo, y también entre los padres y, desde luego, los profesores, obligados a mantener un estándar de calidad que muchas veces les hunde la moral y los sobrepasa (síndrome de burnout).
A ello se añade la persistencia del castigo legalizado a alumnos varones que cometan bullying o insubordinación grave, mediante azotes con caña de bambú.
En un intento de resolver el primer problema (los azotes no están en discusión ni genera alarma social), el gobierno lanzó en 2023 el programa Learn for Life, que eliminó los exámenes a mitad de curso en primaria y secundaria, así como el abuso de calificaciones que estigmatizaban a los alumnos y padres, y permitió que los estudiantes puedan cursar asignaturas en diferentes niveles según sus fortalezas individuales (por ejemplo, cursar Matemáticas a un nivel avanzado e Historia a un nivel estándar).
Sin embargo, los intentos de revertir el estrés académico no han logrado sus objetivos e incluso ha ocurrido un efecto rebote: al eliminarse el examen de mitad de curso, muchos alumnos y padres se toparon con un nuevo factor de ansiedad al no poder evaluar si serán capaces de superar el temido PSLE (examen nacional de fin de curso). Esto ha llevado a una carrera por llevar a los hijos a los centros de refuerzo más prestigiosos y caros, poniendo en desventaja a las familias que no pueden afrontar la carga financiera.
Corregir esta anomalía representa el verdadero reto para Singapur, pero también para los organismos internacionales que diseñan pruebas como PISA. La excelencia académica ya no puede medirse únicamente por la precisión matemática o la comprensión lectora; el verdadero desafío del siglo XXI es lograr un rendimiento escolar óptimo sin hipotecar el bienestar emocional de estudiantes y docentes.

