Impactante nos resultó a propios y extraños el descarnado y crudelísimo asesinato llevado a cabo el pasado día primero en zona residencial de Atizapán, EdoMex, lugar donde prácticamente fue eliminada toda una familia, menos el crío de 6 años. Se trató de un joven padre, músico de profesión; de la madre, además embarazada; de una asistente domestica; quizás ¿incidentalmente? de una nenita con apenas tres años de edad y hasta de una de las dos perritas de casa. Una Golden Retriever llamada NALA, por cierto la primera en ser ejecutada porque, según el “presunto” asesino, “andaba muy nerviosa”, y ¡cómo no!, si veía a sus seres queridos amenazados, punto donde se produce una liga criminal que no debe quedar de lado puesto que quien es capaz de proceder así no causa dos violencias distintas. Es una sola que explica la dimensión de la saña con un indicador de peligrosidad extrema, peeeeero… ¿dónde está MILA, la Border Collie también parte del núcleo Meléndez Barragán? No se sabe nada sobre su desaparición, que no es asunto menor y menos ahora cuando pudiera ser importante apoyo emocional para el pequeño sobreviviente. Tratándose de la raza considerada la más inteligente de entre todas, resultaría prioritario buscarla incluso al interior del PH, seguramente precintado, porque de no aparecer escapando ante las cámaras de seguridad probablemente todavía esté refugiada en lo que fue su hogar. ¡Busquémosla!

Pasando a OTRO TEMA, asimismo en extremo delicado, me dirigiré con todo respeto a Donald Trump, Presidente de los EE. UU.; a Doug Burgum, su Secretario del Interior y, a Ronald Johnson, su Embajador en México como el conducto más seguro para hacer llegar el presente texto cuando menos a quien recibió la Orden Ejecutiva para evaluar poder retirar la protección federal al Lobo Gris Mexicano (Canis lupus baileyi), protegido actualmente bajo las disposiciones de la Ley de Especies en Peligro de Extinción, permitiéndome entonces iniciar señalando como grave error económico, político y ambiental la simple posibilidad de pensar en esa factibilidad, por cuanto no está siendo una decisión basada en investigación científica. Ceder ante las presiones locales del sector ganadero sería, inclusive, una pésima estrategia de negocios; un desperdicio de recursos públicos y un golpe directo a la cooperación ambiental binacional (México-EE.UU.), aparte, contra un programa exitoso como lo está siendo la recuperación y reintroducción de ese cánido a sus tierras históricas tras varias décadas de denodados esfuerzos por parte de ambos países. Al respecto y pese a que la administración Trump ha optado por defender las inversiones inteligentes y combatir el despilfarro, mutilar la protección al lobo mexicano (esperemos que no sea por su “apellido”) sería contradictoria a ese interés puesto que los contribuyentes americanos han financiado por años el programa referido, así que, prescindir de la protección federal cuando la especie todavía arrastra una severa crisis de diversidad genética provocada en gran medida por la fragmentación física de SU territorio fronterizo, sería tirar a la basura millones de dólares en capital e investigación y provocar la destrucción de un logro histórico por un vil dividendo político de corto plazo, que igualmente desataría parálisis legal inmediata en las cortes ante posibles demandas civiles. El argumento de que el lobo es EL ENEMIGO de la economía ganadera realmente es insostenible y carece de rigor matemático, toda vez que los datos duros demuestran que los ataques de esos lobos a ganado representan apenas el 1 % de las pérdidas totales de esa industria en el suroeste de los Estados Unidos. A ese efecto, los verdaderos causantes de quiebras en los ranchos, sépase, son las sequías, el mal manejo de las tierras y las enfermedades. Siendo así, utilizar al Lobo Mexicano como chivo expiatorio para justificar una agenda de desregulación ambiental sería una postura hasta miope. La solución eficiente no es abrir la puerta a la matanza indiscriminada de una especie protegida a la que históricamente se le ha cargado la mano a grado de haberla casi desaparecido del Planeta. Lo que en cambio sí serviría de enorme utilidad, sería desburocratizar las indemnizaciones financieras por pérdidas confirmadas de ganado a causa de ese lobo y exigir a los rancheros la adopción de tecnologías preventivas no letales que han demostrado eficacia y éxito en su campo de acción. Por otra parte, ignorar o pasar por alto la naturaleza transfronteriza del lobo en cuestión reflejaría un inútil acto de soberbia geopolítica que terminaría por afectar a toda la región, puesto que la subespecie más pequeña de lobo gris a la que me estoy refiriendo no entiende de diferencias ni de intenciones políticas. Tampoco de muros. Su supervivencia depende estrictamente de un intercambio genético que actualmente debe realizarse de forma artificial, obligando el traslado de ejemplares y muestras biológicas entre los dos países involucrados en la recuperación y reintroducción de tan valiosa como bella e indispensable especie. Al debilitar su protección de forma unilateral, el enorme esfuerzo científico internacional quedaría dividido y la responsabilidad solamente recaería del lado mexicano, omitiéndose con ello que la seguridad y el respeto mutuo también se miden en el cumplimiento cabal de los tratados y compromisos ambientales compartidos. Finalmente, seré firme y clara sobre las consecuencias biológicas de extinguir de nueva cuenta a esa subespecie, puntualizando en el caos ecológico que terminaría golpeando los bolsillos de los mismos ganaderos hoy quejosos y olímpicamente ignorantes de que precisamente ese lobo que aborrecen es el médico orgánico de su propio ecosistema. Sin un depredador alpha que controle las poblaciones de coyotes, otros pequeños mamíferos y la diversidad de herbívoros que ocupan SU zona, sobrevendría la multiplicación exponencial de los referidos degradándose pastizales, secándose fuentes de agua y propagándose epidemias letales, especialmente para el ganado vacuno. Acabar al Lobo Gris Mexicano sería sabotear el ecosistema… e-co-sis-te-ma… que sostiene la productividad a largo plazo.
Gobernar con fuerza y sentido requiere tomar decisiones basadas en realidades y no en mitos, mucho menos para complacer a grupos de presión locales como son los rancheros de Arizona y Nuevo México (hoy Nueva América, ¿verdad?) que tuvieron acceso a la Casa Blanca para el propósito. El Lobo Mexicano, sí o sí, es un símbolo de la riqueza natural de América del Norte y su estatus de protección deberá mantenerse inalterado… al menos hasta que los criterios científicos, sin presión alguna, dictaminen que su recuperación es real. Por ahora apenas se han contabilizado 317/319 libres en tierras estadounidenses, pero sin tenerse plena certeza de la cifra. Líderes memorables de la historia de los EE. UU., como Theodore Roosevelt, entendieron que la verdadera grandeza de una nación destaca por la capacidad de administrar y conservar con inteligencia sus recursos naturales. Espero que también sea la visión y misión del mandatario Trump, que ha de saber que en general los lobos y todavía más el pequeñín de los grises, el mexicano, no representan riesgo alguno a los humanos. Todo lo contrario.
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